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La importancia del concepto a la hora de diseñar

Enviado por en 26 marzo, 2017 – 7:11Sin comentarios

Una nueva y considerable ola de diseñadores emergentes (y otros no tanto), al momento justo de gestar un proyecto, se desentienden completamente del complejo proceso de conceptualización que precede, y a su vez conlleva, a la idea en sí. Al parecer, las ideas de estos entes vienen dadas por obra y gracia de vayusté a saber qué o quién, lo que da como resultado soluciones que no tienen ningún argumento lógico que aporte unas bases firmes en donde se pueda apoyar el artículo, producto u otros, que se desea promocionar.

En mi afán de arraigar en la delicada mente de los creadores, creativos y diseñadores la importancia vital del concepto, que hoy en día (por lo menos en mi país) parece olvidado, he decidido citar un fragmento del libro «Decálogo del perfecto creativo», de mi autoría en conjunto con Luis Pérez. A continuación el fragmento:

Conceptualización gráfica

Todo proceso creativo depende para su gestación, desarrollo y puesta en práctica de una previa conceptualización, por ende, no toda idea aparece como se está acostumbrado a pensar: «de la nada» (como la clásica escena de la bombilla encendida). Por el contrario, ésta depende de un complejo y puntual proceso de conceptualización, un detenido análisis de factores y condicionantes, de los cuales su aparición debe su todo. El primero de esos pasos no es más que el simple y a su vez delicado ejercicio de entender y hacer suyo el concepto generador, ese ente complejo que condujo a la idea. ¿Cómo se hace eso? Bueno, por rimbombante que suene el título, un concepto generador no es más que entender a plenitud tres premisas básicas de ese ente: ¿Qué es?, ¿Cómo es?, y por último pero no por ello menos importante, ¿Para qué es? Tan simple y complicado como eso.

Se debe entonces plantear un escenario donde se coloque el objeto o sujeto en cuestión frente a un telón de fondo neutral, no el clásico trapo de tela roja aterciopelada, ¡no!, algo mucho más vacío y omisible, imaginando entonces un enorme fondo blanco; luego de posicionado frente a éste, preguntarse entonces: ¿Qué es? La respuesta no es más que la esencia del mismo, no su aspecto exterior, ni mucho menos interior; en esta premisa en cuestión, no se trata de características estructurales, se trata netamente de características físicas, de pertenencia, relativas al acto simple de existir.

Una vez establecida la primera premisa y teniendo claro el qué, se procede entonces a analizar y registrar detenidamente las características estructurales, poniendo cuidado de no omitir aspecto o detalle alguno del mismo por insignificante o banal que parezca, recordando que tal vez la omisión más pequeña puede poner en riesgo la comprensión absoluta del todo. Aspectos tan determinantes como textura, dimensión, color o contorno son tan vitales como aquellos casi imperceptibles a un análisis poco detallado, como lo son los contrastes, el lenguaje lineal o algún elemento de complejidad estructural o características internas, por mencionar algunos. Esto resuelve la pregunta del ¿Cómo es?

Ya teniendo bien en claro la esencia y apariencia, se debe responder la última premisa, que no es más que el uso específico de ese determinado ente, pero un uso no se define con sólo conocer cuál será la actividad que desarrolle o se desarrolle con un sujeto u objeto, va un poco más allá e involucra no sólo la acción sino también al ejecutante de la misma, derivando entonces de un ¿Para qué? un ¿Quién? ¡Sí!, un ¿quién?, ya que no hay acción posible sin un ejecutante, aunque éste sea potencial. Todo se crea, genera y desarrolla para cumplir una función, para solventar una necesidad, es por ello que es tan importante conocer el uso y las posibles implicaciones tanto como conocer para quién o quién está detrás de la creación del ente, imaginando que todo el grupo de factores físicos y estructurales pertenezcan a un gran predicado creativo: los aspectos funcionales representan el verbo y el posible ejecutante se desenvuelve como sujeto, creando así una perfecta fusión de sujeto, verbo y predicado conceptual, algo tan perfecto y equilibrado como una oración creativa.

Resuelto el acertijo vital de estas premisas, se obtiene de forma automática una definición real de lo que se posee, la simple raíz del proceso creativo y por ende su factor más importante, el concepto generador.

Ya con la certeza de poseer un concepto generador bien fundamentado, se da inicio al proceso creativo, que envuelve la serie de pasos que transcurre y conlleva de dicho concepto a la creación de una idea; pasos simples en cuanto a definición pero complejos en lo que a desarrollo se refiere. Esta serie de pasos varía de acuerdo a lo que se posee pero responde a no más que a una búsqueda de un «cómo» hacer que ese concepto generador sea presentado, conocido y divulgado a la masa. De este proceso arduo de pensar y repensar los «cómo» (brainstorming), nace inevitablemente un grupo de ideas, de las cuales sólo la que responda positivamente a toda interrogante o prueba a la que sea sometida verá la luz de la bombilla, será el puntal del proceso de conceptualización gráfica, el único sentido de ser del mismo, mientras que sus hermanas de pensamiento, es decir, las otras ideas gestadas, serán descartadas, mas nunca desechadas.

Es entonces la «idea» la verdadera razón de ser de la conceptualización gráfica, de ésta depende todo, jamás deberá morir, ya que posee el don de poder redireccionarse, reinventarse, ajustarse o replantearse, dependiendo de las necesidades o los vacíos a llenar.

Aunque es producto de un proceso del pensamiento, de una explosión de genialidad o una explosión mental, se fundamenta en un proceso vivencial, totalmente real y tangible; es por ello que posee la particularidad de adaptarse a los lineamientos conceptuales preestablecidos por su creador, es capaz de responder a condicionantes y a transitar el largo camino que conduce hacia la factibilidad.

Alejandro Ayala – ForoAlfa

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